Con el discurso del orden y las megacárceles, el nuevo gobierno promete salvarnos de la ruina, pero nos pide firmar un cheque en blanco sin preguntas.
Imagen: IAPor : Pluma Critica
Nos acaban de vender otro mesías, y esta vez viene con garras. En el Cantón Militar Pichincha de Cali, un escenario que ya de por sí es un símbolo de guerra y no de encuentro ciudadano, el nuevo presidente proclamó el inicio de la era de "El Tigre" y su prometida La Patria Milagro. El espectáculo tuvo toda la puesta en escena de la salvación: botas militares de fondo, tono tajante y la promesa de que, por fin, alguien apretará las tuercas para ponernos a marchar con disciplina. Nos dicen que la casa está rota, que el erario fue saqueado y que la única forma de arreglar el desastre es cediéndole todo el poder al cazador.
No nos digamos mentiras: la narrativa del salvador funciona porque el miedo en Colombia es una herida abierta que nunca cicatriza. Venimos de un periodo de incertidumbre, con una seguridad en Colombia tambaleante, la economía apretada y una polarización que nos tiene exhaustos. En ese río revuelto, prometer que el diálogo con el crimen se acabó, que se aplicará fracking para rescatar las finanzas y que la inteligencia artificial vigilará la contratación suena como música para los oídos de un país desesperado. Pero la historia reciente nos ha enseñado que cuando el discurso público se llena de rugidos, la primera en salir trasquilada es la ciudadanía.
Aquí el fondo del asunto no es si se necesita orden —que claro que se necesita—, sino cuál es el costo real de esta reforma económica colombiana y militar. Cuando un mandatario advierte que "sabrán lo duro que muerde", no solo le habla a los grupos armados; el mensaje subliminal va para todo el que se atreva a disentir. Romper puentes, imponer la erradicación forzada, revivir debates ambientales superados y condicionar la educación para evitar el "adoctrinamiento" son fórmulas viejas disfrazadas de renovación. Se cuestiona el statu quo del gobierno saliente, sí, pero para montar otro igual de dogmático donde la línea entre la autoridad y el autoritarismo se vuelve peligrosamente delgada.
Al final del día, el combate al narcoterrorismo o el aumento de utilidades en las grandes empresas no se traducen automáticamente en comida sobre la mesa del campesino o en tranquilidad para el trabajador que coge el bus a las cinco de la mañana. Mientras desde la cúpula nos hablan de la Orinoquía como potencia agrícola y de tecnología blockchain contra la corrupción, en la calle la gente sigue pagando el mercado más caro y haciendo milagros verdaderos para estirar el sueldo. Nos prometen un país de ensueño, pero la factura de este experimento de mano dura la terminaremos pagando nosotros, de nuestro propio bolsillo y con un pedazo de nuestras libertades.
¿Será que esta vez la fórmula de la severidad absoluta sí nos va a traer la tan anhelada paz, o estamos ante el primer acto de un nuevo desencanto vestido de camuflado? La paciencia de este país no da para más mesías; nos toca fiscalizar cada mordisco de este gobierno antes de que nos demos cuenta, demasiado tarde, de que la presa devorada terminamos siendo nosotros mismos.


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