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Columna Editorial | El luto en El Ingenio: una recompensa de 50 millones no revive a Diego Mazabel

Mientras la Alcaldía pone precio a la cabeza de los asesinos, la ciudadanía paga con sangre la falta de control en las calles de Cali.

El luto en El Ingenio: una recompensa de 50 millones no revive a Diego Mazabel
     Imagen generada por la IA

Por : Paulina Arango M

Santiago de Cali, 22 de enero del 2026. Diego Mazabel se dedicaba a fabricar los momentos más felices de la gente, a organizar bodas y celebrar el amor. Pero la inseguridad en Cali no entiende de compromisos ni de sueños; solo entiende de plomo y rapiña. Caminar por El Ingenio, un barrio que alguna vez fue sinónimo de tranquilidad y progreso, le costó la vida a los 41 años. No murió en medio de una guerra de bandas ni en un ajuste de cuentas; murió porque en esta ciudad un celular o una billetera valen más que el futuro de un hombre trabajador y honesto. La ironía es macabra: quien planeaba uniones y celebraciones terminó siendo el protagonista de un funeral.

Las cámaras de seguridad del sector grabaron la infamia de siempre: la moto que se acerca, el arma que intimida y el disparo que sentencia en cuestión de segundos. La Policía y la Secretaría de Seguridad salieron con el libreto habitual: rueda de prensa, lamentos protocolares y el anuncio de una recompensa de 50 millones de pesos. Nos dicen que todo apunta a un hurto, como si ponerle esa etiqueta jurídica hiciera menos doloroso el hecho de que a Diego lo mataron días después de anunciar su propio compromiso matrimonial. La tragedia personal de una familia destrozada se diluye rápidamente en el expediente frío de las estadísticas judiciales.

Aquí es donde la indignación se nos atraganta. ¿De qué sirve una bolsa de dinero cuando el daño es irreversible? La estrategia de las recompensas se ha vuelto la confesión tácita de un fracaso estatal: la autoridad admite que no pudo prevenir el crimen, que no tiene inteligencia suficiente en el terreno y que necesita comprar la información que debería tener por control territorial. Cali se nos está saliendo de las manos mientras los funcionarios juegan a ser bomberos apagando incendios con billetes, en lugar de cortar el mal de raíz. No necesitamos listas de precios sobre los delincuentes; necesitamos un sistema judicial y policial que impida que tengan el descaro de matar a plena luz del día.

Lo que pasó con Diego nos golpea a todos porque revienta la burbuja de seguridad que muchos creían tener en el sur de la ciudad. Si un empresario reconocido no puede caminar por las calles de El Ingenio, ¿qué le espera al estudiante que espera el MÍO o a la señora que vende tintos en la esquina? El miedo ya no es una "percepción", es el aire denso que respiramos. Cada vez que salimos, sentimos esa punzada en la nuca al escuchar una moto acelerar cerca. Nos estamos acostumbrando a vivir a la defensiva, agradeciendo que "solo nos robaron" y no nos mataron, normalizando una barbarie que ninguna sociedad civilizada debería tolerar.

Hoy la familia de Diego y el gremio de eventos lloran a un hombre que construía alegría, mientras las autoridades llenan formularios y prometen "grupos especiales de investigación" que ya hemos escuchado mil veces. La pregunta que nos queda retumbando en la cabeza no es solo quién apretó el gatillo, sino quién será el siguiente caleño sacrificado mientras seguimos esperando una política de seguridad real, que vaya más allá de los titulares de prensa y las promesas vacías. ¿Cuántos millones vale nuestra tranquilidad? Porque queda claro que, para los bandidos, nuestra vida no vale absolutamente nada

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