El discurso de "Hambre Cero" suena muy bien en campaña, pero mientras los políticos prometen leyes, miles de familias colombianas siguen saltándose comidas para poder sobrevivir.
FFoto: Campaña vamos seguros con De LIma
Por: Paulina Arango M
Santiago de Cali, 26 de enero de 2026. Camine cualquier plaza de mercado un sábado por la mañana y fíjese en las manos de la gente. No hablo de las manos de quienes cargan bolsas llenas, sino de esas que cuentan monedas con angustia frente a un bulto de papas. Es una ironía que quema: vivimos en un país que desborda verde, donde tiras una semilla y nace un árbol, pero tenemos a más del 30% de la población con el estómago rugiendo. Mientras el candidato Alejandro De Lima habla de copiar modelos de otros países, la realidad es que hoy, en este instante, hay niños que se duermen con un vaso de agua como única cena.
La propuesta de traer leyes de huertas urbanas y modelos extranjeros es, por decir lo menos, un reconocimiento tardío de nuestra propia incapacidad. Llevamos décadas viendo cómo los alimentos se pudren en las carreteras por falta de vías, o cómo el campesino prefiere regalar la cosecha antes que venderla a precio de miseria. ¿Por qué esto es noticia hoy? Porque en tiempos electorales el hambre se vuelve un eslogan publicitario, una bandera de inclusión social que agitan quienes rara vez han sentido la incertidumbre de no saber qué habrá en la mesa mañana.
No nos llamemos a engaños. El problema de Colombia no es la falta de comida, es la obscena distribución de la riqueza y el abandono del campo. Hablar de "Hambre Cero" citando ejemplos de México o Brasil suena sofisticado en un atril, pero aquí la burocracia se come cualquier intención antes de que la semilla toque la tierra. Las leyes para la agricultura urbana son necesarias, sí, pero resultan un pañito de agua tibia si no enfrentamos a las mafias de la intermediación que se quedan con el sudor del productor y el bolsillo del consumidor.
Para la señora que vive en un barrio popular, que el Senado discuta la "permacultura" es casi un insulto a su inteligencia. Ella no necesita un marco teórico; necesita que el huevo, el arroz y la leche no le cuesten un ojo de la cara. El apoyo a los mercados orgánicos campesinos debe dejar de ser una visita para la foto y convertirse en una política de Estado que elimine la rosca de los grandes distribuidores. El hambre no espera a que un proyecto de ley pase por cuatro debates; el hambre duele, humilla y despoja de dignidad a la gente de a pie.
Al final, la pregunta es si estas propuestas son semillas reales de cambio o simplemente abono para ganar votos. Podemos llenar las ciudades de huertos y las bibliotecas de leyes, pero si no hay una voluntad política que priorice la vida sobre el mercado, seguiremos siendo el país donde se exporta café premium mientras se importa el hambre. ¿Seremos capaces de exigir que la comida sea un derecho sagrado y no una promesa de campaña que se desvanece tras el escrutinio? El tiempo se acaba y el plato sigue vacío.

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