La jugada de Cabal no es solo un desplante de orgullo, es un cálculo de ingeniería electoral que pone a temblar la arquitectura del Congreso.
Por: Paulina Arango M
Santiago de Cali, enero 28 del 2026. Aquí no hay puntada sin dedal. El afán por la escisión partidista tiene un trasfondo que pocos se atreven a decir en voz alta: el pavor a quedar atrapados en una lista que ya no suma. Si María Fernanda Cabal logra romper el cristal y llevarse su pedazo de personería jurídica, no solo se lleva su nombre, se lleva la llave para otorgar avales. Esto significa que cualquier congresista que hoy se sienta asfixiado por las directrices de la cúpula del Centro Democrático tendría un nuevo puerto donde atracar sin incurrir en la temida doble militancia, esa guillotina que la justicia electoral suele soltar sin piedad.
La realidad es que la Ley 1475 de 2011 es clara: quien quiera cambiar de bando debe renunciar a su curul un año antes de la inscripción de candidatos. Es un tiempo que los políticos cuidan como oro. Pero la escisión es el "agujero de gusano" de la política colombiana; si el partido se divide legalmente, el congresista puede elegir con cuál de las dos partes quedarse sin soltar el sueldo ni el poder. Es una maniobra maestra para evitar el desierto de la inhabilidad, permitiéndoles saltar del barco mientras el barco todavía está a flote, llevándose hasta los botes salvavidas.
Pero ojo, que este juego de tronos tiene un costo altísimo para la gobernabilidad del país. Si permitimos que cada vez que alguien no esté de acuerdo con su jefe de partido se invente una "sucursal", terminaremos con un tarjetón electoral que parecerá un directorio telefónico. La fragmentación del voto es el paraíso de los caudillos y el infierno de la democracia representativa. Lo que Cabal propone es, en esencia, democratizar el fraccionamiento: si no soy la dueña del aviso, me invento mi propio aviso y me llevo a mis amigos.
Al ciudadano de a pie esto le suena a música celestial de otra galaxia, pero le golpea directo en la representatividad. Cuando votas por una lista, votas por una plataforma de ideas, no por una celebridad que se muda de casa cuando le da la gana. Si la escisión se vuelve la norma, los partidos políticos —que ya son débiles— terminarán de convertirse en simples arrendadores de avales. La seguridad jurídica de la política colombiana hoy pende de un hilo, y la senadora está lista para cortarlo con tal de no tener que rendirle cuentas a una estructura que ya siente pequeña.
La advertencia está sobre la mesa: si el Consejo Nacional Electoral abre esta compuerta, el 2026 no será una elección, será un sálvese quien pueda. La derecha corre el riesgo de atomizarse tanto que termine regalándole el tablero al contrario por pura incapacidad de convivir. La política colombiana se ha vuelto un asunto de egos inflados y partidos de bolsillo. ¿Estamos listos para ver cómo se despedaza lo poco que queda de institucionalidad partidista en nombre de una candidatura presidencial?

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