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OPINIÓN | La rebelión de las sillas vacías: el país que ya no cree en cuentos

Mientras las encuestas se pelean por ver quién tiene la sonrisa menos falsa, el colombiano de a pie ya empezó a votar con el silencio y el desprecio.

La rebelión de las sillas vacías: el país que ya no cree en cuentos
       
 Imagen generada por inteligencia artifificial 


Por: Paulina Arango M

Santiago de Cali, enero 24 del 20026. EL país se levanta cada mañana con una noticia nueva sobre quién "sube" y quién "baja" en el podio de la opinión pública, pero la verdadera noticia ocurre en la mesa del comedor, donde la plata no alcanza y el miedo se sirve de desayuno. Según los datos más recientes de Datexco, personajes como Sergio Fajardo, Juan Manuel Galán y Roy Barreras aparecen con la mejor imagen, pero no nos llamemos a engaños: ese liderazgo es como un castillo de naipes en medio de un vendaval. La realidad es que la gente está cansada de los mismos rostros rotando por los mismos cargos, mientras los problemas de fondo —esos que nos quitan el sueño— siguen ahí, intactos, burlándose de nosotros.

Este repunte de imagen ocurre en un contexto donde la seguridad, la salud y la corrupción son las llagas abiertas que nadie logra curar. Hoy, hablar de política en Colombia es hablar de una desconexión absoluta; la encuesta Pulso País muestra que a la gente le importa un comino la ideología si no puede salir a la calle sin que le pongan un cuchillo en el cuello. Los analistas se sorprenden porque el "voto por ninguno" o el voto en blanco está ganando por goleada, pero ¿cómo no va a ser así si llevamos décadas eligiendo entre el susto y la muerte? La política se volvió un ejercicio de supervivencia, no de esperanza.

Lo de Roy Barreras es un caso para el diván. Mientras los grandes medios parecen haberle aplicado la ley del hielo, el hombre logra puntear en las encuestas de favorabilidad por su supuesta capacidad de "tender puentes". Criticar el status quo hoy es reconocer que nos han vendido la polarización como una droga para mantenernos distraídos mientras nos saquean el bolsillo. El sistema está diseñado para que siempre ganen ellos, los que saben moverse en los pasillos del poder, los que tienen la piel de teflón. Pero ojo, que ese 51% que lo ve como alguien que acerca posiciones podría ser simplemente el reflejo de un país desesperado que busca a cualquier bombero para apagar este incendio.

¿Y cómo le pega esto al ciudadano común? Al que madruga a coger el bus le da igual si Fajardo es de centro o si Barreras es un camaleón profesional; lo que le duele es que la inseguridad se normalizó tanto que ya es parte del paisaje. La corrupción no es un titular de prensa, es la cita médica que nunca llega y el colegio del hijo que se cae a pedazos. Estamos viviendo una tragedia en cuotas: nos roban la paz mental un día, la plata del mercado el otro, y al final nos piden que sonriamos para la foto de la intención de voto. La calle no miente, y la calle hoy está llena de gente que se siente huérfana de Estado.

No nos equivoquemos pensando que estas encuestas son el mapa del 2026. Son, más bien, el síntoma de una enfermedad terminal en nuestra democracia. La verdadera pregunta no es quién va a ganar, sino cuánto tiempo más vamos a aguantar este teatro de sombras antes de que el país termine de romperse. Si la política sigue siendo una pelea de egos invisibilizando la trayectoria de quienes proponen salidas reales —o inflándolas por conveniencia—, el próximo presidente no será un nombre, sino el vacío de un pueblo que decidió dejar de jugar. ¿Estamos ante el despertar de una ciudadanía indignada o ante el último suspiro de una confianza que ya no tiene retorno?


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