Cali: El Espejo de una Nación fracturada tras la visita de Álvaro Uribe

El pulso político se traslada a las calles en una jornada marcada por la vigilancia policial y el fervor de las bases.

Cali: El Espejo de una Nación Fracturada tras la Visita de Álvaro Uribe


Cali,  febrero 4 de 2026. En una mañana de alta efervescencia social este, el centro comercial y político de la ciudad se convirtió en el escenario de una intensa jornada de movilización. Grupos de ciudadanos, portando banderas con el nombre de Marelen y consignas de cambio, se concentraron frente a establecimientos reconocidos como "Gran Comercio" y locales de telecomunicaciones, bajo la estricta vigilancia de la Policía Nacional. El encuentro, que buscaba visibilizar el apoyo a figuras políticas emergentes en un contexto de precampaña, terminó por poner a prueba la tolerancia civil y la capacidad de gestión del espacio público ante el descontento popular.

La calle no miente; es el termómetro donde la estadística fría se convierte en sudor y grito. Lo que observamos hoy no es solo una aglomeración de personas, sino la manifestación de una identidad colectiva que busca desesperadamente ser escuchada en los pasillos del poder. Las banderas blancas, que ondeaban con el nombre de Marelen Castillo, se alzaban no solo como símbolos de campaña, sino como estandartes de una comunidad que percibe en la política actual una brecha insalvable.

El despliegue de la Policía Nacional, con un pie de fuerza reforzado, garantizó que el flujo comercial no se detuviera, aunque el aire pesara. Según fuentes oficiales del comando metropolitano, se destinaron más de 150 uniformados para evitar altercados en los puntos críticos de mayor afluencia. Esta "paz custodiada" plantea una pregunta incómoda: ¿es la seguridad el objetivo, o es el mecanismo para contener un sentimiento social que ya no cabe en las urnas y desborda hacia las aceras?

La presencia de ciudadanos grabando con sus móviles, capturando cada gesto policial y cada arenga, demuestra que hoy el testigo es múltiple. Ya no hay un solo relato, sino miles de fragmentos digitales que intentan recomponer una verdad que las instituciones, a menudo, prefieren ignorar tras cifras de crecimiento macroeconómico que no llegan al bolsillo del transeúnte.

El contexto no es aislado. Estas movilizaciones ocurren tras meses de incertidumbre legislativa y una polarización que ha calado hasta el comercio minorista. Los antecedentes de jornadas anteriores sugieren que el descontento es acumulativo; la comunidad no sale a la calle por un nombre, sino por la suma de las ausencias. Las reacciones no se hicieron esperar: mientras los líderes políticos capitalizan el fervor, el ciudadano de a pie reflexiona sobre si esta energía se traducirá en soluciones reales para el costo de vida y la seguridad.

Al final de la jornada, cuando las banderas se enrollan y la policía se retira, queda el asfalto testigo. La consecuencia inmediata es un llamado al diálogo que parece más una formalidad que una intención genuina. Si la política sigue ignorando que el "otro" no es un enemigo, sino un vecino con hambre de justicia, las calles seguirán siendo el único parlamento donde el pueblo se sienta soberano. La democracia, en su estado más puro y crudo, se juega hoy entre el ruido de la multitud y el silencio de quienes deciden desde arriba.

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