La seguridad del candidato del movimiento ‘Defensores de la Patria’ levanta un muro de policarbonato que dice más sobre su futura gestión que sobre sus miedos.
Foto: Imagen patallazo de redes sociales ( Facebook)
Por: Paulina Arango M | 19 de febrero de 2026
El cristal brilla bajo los focos del auditorio, pero no por su transparencia, sino por su espesor. Ahí está Abelardo de la Espriella, resguardado tras un atril blindado, hablándole a una multitud que lo vitorea mientras él los observa desde una burbuja de seguridad impenetrable. Es una imagen potente, casi mesiánica, pero profundamente perturbadora. No es solo un escudo contra las balas; es la escenificación física de la desconfianza. Ver a un aspirante a la presidencia atrincherado en su propio estrado nos escupe una verdad incómoda: la política de la mano dura empieza por protegerse, antes que nada, de la gente a la que pretende gobernar.
Este blindaje no nace de la nada. En un país donde la violencia ha sido el lenguaje de la política, las amenazas se toman en serio. Sin embargo, el movimiento 'Defensores de la Patria' ha convertido la protección en una puesta en escena autoritaria. Ya no estamos ante el político que estrecha manos en la plaza pública, sino ante el líder que se parapeta. Este antecedente marca un hito en la campaña electoral de 2026, transformando el debate de las ideas en un despliegue de fuerza logística donde el miedo es el principal protagonista del guion.
El análisis de fondo es más agrio: ese atril es la metáfora perfecta de lo que sería su eventual gobierno. Un Estado encerrado en sí mismo, donde la seguridad de la élite prima sobre el contacto con la realidad de la calle. Aquí opera el "Efecto Salvador": en un país agotado, parte del electorado no ve una barrera, sino un símbolo de valor bajo la premisa de que "si lo quieren matar es porque les estorba a los malos". De la Espriella sabe que el blindaje proyecta una guerra real que vende más que cualquier programa social, capturando el voto de quienes prefieren a un líder que se encierra para mandar que a uno que camina para negociar.
Para el colombiano que madruga a coger un bus sin más blindaje que un escapulario, ver este despliegue resulta insultante. Mientras el ciudadano común enfrenta la extorsión a pecho descubierto, el candidato se envuelve en tecnología militar. Esa barrera no solo detiene proyectiles; detiene la empatía. Es el riesgo del "Líder de Cristal": ganar la batalla de la seguridad pero perder la legitimidad popular. En los sectores populares, el atril no es heroísmo, es la arrogancia del "abogado de los ricos" que ahora quiere ser el "presidente de los blindados", alguien que solo sabe mirar por encima del hombro.
¿Podemos confiar en un líder que nos habla desde una vitrina? La democracia, por definición, exige piel, sudor y cercanía; requiere un mandatario que no le tema al aire que respira su pueblo. Si la solución a la inseguridad es que el gobernante viva en un búnker mientras el resto sobrevive a la intemperie, entonces no estamos ante un protector, sino ante un monarca moderno. El atril blindado de De la Espriella puede que lo salve de un atentado, pero lo está alejando de una ciudadanía que no quiere más muros, sino soluciones que no requieran un chaleco antibalas para ser escuchadas.
El cristal brilla bajo los focos del auditorio, pero no por su transparencia, sino por su espesor. Ahí está Abelardo de la Espriella, resguardado tras un atril blindado, hablándole a una multitud que lo vitorea mientras él los observa desde una burbuja de seguridad impenetrable. Es una imagen potente, casi mesiánica, pero profundamente perturbadora. No es solo un escudo contra las balas; es la escenificación física de la desconfianza. Ver a un aspirante a la presidencia atrincherado en su propio estrado nos escupe una verdad incómoda: la política de la mano dura empieza por protegerse, antes que nada, de la gente a la que pretende gobernar.
Este blindaje no nace de la nada. En un país donde la violencia ha sido el lenguaje de la política, las amenazas se toman en serio. Sin embargo, el movimiento 'Defensores de la Patria' ha convertido la protección en una puesta en escena autoritaria. Ya no estamos ante el político que estrecha manos en la plaza pública, sino ante el líder que se parapeta. Este antecedente marca un hito en la campaña electoral de 2026, transformando el debate de las ideas en un despliegue de fuerza logística donde el miedo es el principal protagonista del guion.
El análisis de fondo es más agrio: ese atril es la metáfora perfecta de lo que sería su eventual gobierno. Un Estado encerrado en sí mismo, donde la seguridad de la élite prima sobre el contacto con la realidad de la calle. Aquí opera el "Efecto Salvador": en un país agotado, parte del electorado no ve una barrera, sino un símbolo de valor bajo la premisa de que "si lo quieren matar es porque les estorba a los malos". De la Espriella sabe que el blindaje proyecta una guerra real que vende más que cualquier programa social, capturando el voto de quienes prefieren a un líder que se encierra para mandar que a uno que camina para negociar.
Para el colombiano que madruga a coger un bus sin más blindaje que un escapulario, ver este despliegue resulta insultante. Mientras el ciudadano común enfrenta la extorsión a pecho descubierto, el candidato se envuelve en tecnología militar. Esa barrera no solo detiene proyectiles; detiene la empatía. Es el riesgo del "Líder de Cristal": ganar la batalla de la seguridad pero perder la legitimidad popular. En los sectores populares, el atril no es heroísmo, es la arrogancia del "abogado de los ricos" que ahora quiere ser el "presidente de los blindados", alguien que solo sabe mirar por encima del hombro.
¿Podemos confiar en un líder que nos habla desde una vitrina? La democracia, por definición, exige piel, sudor y cercanía; requiere un mandatario que no le tema al aire que respira su pueblo. Si la solución a la inseguridad es que el gobernante viva en un búnker mientras el resto sobrevive a la intemperie, entonces no estamos ante un protector, sino ante un monarca moderno. El atril blindado de De la Espriella puede que lo salve de un atentado, pero lo está alejando de una ciudadanía que no quiere más muros, sino soluciones que no requieran un chaleco antibalas para ser escuchadas.

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