#Ahora

7/recent/ticker-posts

Header Ads Widget


¿Refundar la nación o incendiar la economía? El dilema de la "corrección" de Uribe a Petro

Entre la retórica del cambio y el rigor del capital, el país se juega su estabilidad en un fuego cruzado de dogmas económicos

OPINIÓN | ¿Refundar la nación o incendiar la economía? El dilema de la "corrección" de Uribe a Petro
    Imagen pantallazo de videos en yuo to be 

Por: Paulina Arango M  | 16 de febrero de 2026

La política colombiana ha perfeccionado el arte de la réplica. No terminaban  las palabras del presidente Gustavo Petro en su última alocución —donde dibujó un país de transformaciones estructurales y una economía volcada hacia lo público— cuando, desde la otra orilla, llegó el latigazo seco de Álvaro Uribe Vélez: “Hay que corregirlo”.

Esa frase no es un simple comentario de redes sociales; es un manifiesto. En la semántica uribista, "corregir" implica que el rumbo actual no es solo equivocado, sino peligroso. El exmandatario ha puesto el dedo en la llaga de la mayor ansiedad nacional: la supervivencia del sector privado frente a un Estado que parece querer devorarlo todo.

El Estado como motor o como ancla

La visión de Petro, imbuida de un romanticismo estadista, sugiere que el mercado ha fallado en la distribución de la equidad. Sin embargo, el análisis de Uribe —y de buena parte del gremio productivo— advierte una falacia peligrosa: creer que se puede financiar el progreso social destruyendo la fuente que genera la riqueza.

No se puede repartir lo que no se produce. Al señalar que la función del Gobierno no es "acabar con el emprendimiento privado", Uribe lanza una alerta sobre la asfixia regulatoria y tributaria que, bajo el noble pretexto de la reforma, podría estar minando la confianza de quienes hoy sostienen el empleo formal en el país.

La paradoja del cambio

Lo que estamos presenciando es el choque entre dos dogmas. Por un lado, un Gobierno que lee su mandato como una carta blanca para intervenir cada rincón de la vida económica. Por otro, una oposición que recuerda que el capital es cobarde y la inversión, volátil.

Si el presidente Petro persiste en una narrativa que estigmatiza al empresario como un adversario del bienestar popular, el resultado no será una Colombia más justa, sino una más pobre. La historia económica de la región está plagada de "correcciones" tardías que llegaron cuando las chimeneas ya se habían apagado y los capitales habían cruzado la frontera.

Un país en el limbo de la incertidumbre

La verdadera tragedia de esta confrontación es la incertidumbre. Mientras en las alturas del poder se discute sobre modelos ideológicos, en la calle el pequeño comerciante y el gran industrial comparten un mismo temor: la falta de reglas de juego claras.

El llamado de Uribe a "corregir" debe ser leído no como un acto de obstrucción, sino como un recordatorio necesario de que la democracia requiere balances. Un Estado fuerte no es aquel que suplanta a la empresa privada, sino aquel que la potencia para que, mediante el crecimiento, se logren los objetivos sociales.

La urgencia de la sensatez

No podemos permitir que el debate nacional se reduzca a una elección binaria entre el estatismo absoluto o el mercado sin alma. El presidente Petro tiene la legitimidad para proponer cambios, pero tiene la responsabilidad de que esos cambios sean sostenibles. Por su parte, la advertencia de Uribe resuena porque se apoya en una realidad técnica: sin rentabilidad no hay inversión, y sin inversión, el "cambio" es solo una promesa vacía de contenido material.

Es hora de que la política colombiana abandone el ring de las alocuciones y los trinos para sentarse en la mesa de la sensatez. Corregir el rumbo no es signo de debilidad, sino de inteligencia política. El país no aguanta más polarización mientras el motor de su economía tose ante la falta de combustible institucional. La voz colectiva exige que, antes de intentar refundar la nación, se aseguren los cimientos que nos impiden caer al abismo del estancamiento.


Publicar un comentario

0 Comentarios