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OPINIÓN | ¿Aída Quilcué a la Vicepresidencia? El golpe de Iván Cepeda contra las élites

Iván Cepeda no solo eligió una compañera de fórmula; le notificó al país que la periferia se cansó de ser espectadora. Una apuesta que huele a justicia y que tiene temblando a los de siempre

OPINIÓN | ¿Aída Quilcué a la Vicepresidencia? El golpe de Iván Cepeda contra las élites
    Cepeda y Quilcué representan la unión de la defensa de los derechos humanos y la resistencia indígena / / Foto :  Prensa Aída Quilcué.


Por : Paulina Arango M

Santiago de Cali- 9 marzo del 2026. El anuncio cayó como un baldazo de agua fría en los salones del poder, pero se sintió como un abrazo en las veredas del Cauca. Iván Cepeda y Aída Quilcué no son solo dos nombres en un tarjetón; son el símbolo de una Colombia que se ha cansado de pedir permiso para existir. Ver a un heredero de la lucha por los derechos humanos junto a una "mujer medicina" que ha enterrado a los suyos por las balas del Estado y la guerrilla, es una imagen poderosa que nos escupe en la cara la realidad de un país que todavía supura por las heridas del conflicto. Aquí no hay apellidos de alcurnia ni herencias de ministerios; hay cicatrices y una terquedad absoluta por cambiar el guion de siempre.

La noticia llega en un momento de fatiga democrática, donde las instituciones parecen castillos de arena frente a la marea de la violencia rural. ¿Por qué importa esto hoy? Porque mientras en Bogotá se discuten tecnicismos sobre el presupuesto, en los territorios la vida se tasa en amenazas y desplazamientos. La elección de Quilcué no es un adorno multicultural para la foto; es la respuesta política a un sistema que históricamente ha visto al indígena como un actor de reparto o un obstáculo para el "progreso". Hoy, esa periferia que tanto ignoramos se planta en el centro de la pista y exige el micrófono.

Seamos claros: esta alianza es una declaración de guerra simbólica contra el status quo. Criticar esta fórmula desde el purismo estético de la política tradicional es no entender nada. El Pacto Histórico se la juega toda al conectar los puntos entre la justicia judicial que ha perseguido Cepeda y la autonomía territorial que encarna Quilcué. Lo que está mal en este país es precisamente esa desconexión: gobernantes que no conocen el barro y líderes sociales que no llegan al poder. Sin embargo, el riesgo es alto; en una nación polarizada hasta el tuétano, esta dupla será el blanco fácil de quienes agitan el miedo para mantener sus privilegios.

¿Cómo le cambia esto la vida a doña Rosa en el mercado o al joven que busca empleo? A corto plazo, quizás en nada tangible, pero en el fondo, se trata de la dignidad. Cuando el ciudadano común ve que alguien que se parece a él, que ha sufrido sus mismas tragedias, puede llegar a la Vicepresidencia, el techo de cristal se agrieta. No es solo retórica; es la posibilidad de que las políticas de seguridad y tierras dejen de ser diseñadas en oficinas con aire acondicionado y empiecen a oler a realidad. Es bajar la teoría de la "paz total" al suelo que pisan los que ponen los muertos.

No nos engañemos, el camino a mayo de 2026 será una carnicería mediática. La pregunta no es si Quilcué está "preparada" para el cargo —un cuestionamiento que nunca le hacen a los hijos de los expresidentes—, sino si este país está preparado para ser gobernado por sus propias víctimas. Estamos ante una advertencia clara: o aprendemos a compartir el poder con la Colombia profunda, o seguiremos condenados a ver cómo el país se nos deshace entre las manos mientras discutimos encuestas. 


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