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OPINIÓN | Cepeda: La medicina amarga que la derecha necesita

 

OPINIÓN |  Cepeda: La medicina amarga que la derecha necesita


Por: Pol  Andrade 

Colombia es un país tan particular que su mayor líder es, paradójicamente, quien más frena su desarrollo. Esta afirmación no nace del resentimiento ni de la nostalgia —nace del análisis frío de una realidad que se repite, década tras década, con una persistencia que ya no sorprende: el estancamiento.

En lo que va del siglo XXI, la derecha colombiana no ha producido un solo liderazgo político genuino. Desde el año 2000 hasta hoy, es la misma persona quien ordena, quien dirige, quien define. Álvaro Uribe Vélez lleva veintiséis años siendo el centro gravitacional de una tendencia política que, atada a él, ha dejado de crecer, de renovarse, de proyectarse hacia el futuro.

Y el problema no es Uribe como persona —en esta columna no hablaré de su pasado, de sus acusaciones ni de la violencia que lo rodea. El problema es Uribe como dirigente político enquistado. Porque quienes lo siguen, quienes lo admiran y lo idolatran, están igual de estancados que él. No tienen nuevas rutas. No crean destinos. No imaginan futuros distintos. Solo atienden lo que llega desde sus huestes.

¿El resultado? Una derecha sin propuestas serias. No porque al interior de sus movimientos no existan —porque existen— sino porque ninguna puede prosperar sin el visto bueno del líder máximo. Lo que aflora, entonces, no son líderes: son vociferantes. Individuos estridentes, mediáticos, llenos de gritos y amenazas, pero vacíos de propuesta real. Esto no es un fenómeno exclusivo de Colombia. Venezuela es el espejo donde mirarse: para que la oposición pudiera dar un paso, necesitó el respaldo de fuerzas externas —bloqueos económicos, presión internacional, intervención directa. Porque desde la política de liderazgo propio, no había nada. Colombia va por ese camino.

En este contexto, sostengo que lo mejor que le puede pasar a Colombia hoy es que Iván Cepeda llegue a la presidencia.

Le conviene al progresismo, que necesita continuar las transformaciones estructurales y la identificación de las mafias incrustadas en el Estado —en el gobierno, en la empresa privada, en los gremios, en la sociedad civil—. Mafias que solo velan por la consecución de recursos para particulares, y que solo pueden ser desmanteladas desde adentro.

Pero más allá de eso, le conviene a Colombia entera por una razón concreta: Cepeda, a diferencia de Gustavo Petro, no llamaría a Álvaro Uribe a hacer parte de su gobierno. Y esa sola decisión —que Petro tomó al día siguiente de su posesión— es la más reveladora del estado actual de la política colombiana: hasta el presidente más progresista del país sintió la necesidad de tender puentes con el hombre que, según este análisis, tiene frenado al país.

Cuatro años de un gobierno Cepeda serían suficientes para demostrar algo que hoy parece imposible: que sin Uribe como referente obligatorio, la derecha y el centro colombianos se verían forzados a reinventarse. A producir liderazgos reales. A construir propuestas desde las bases, no desde una cúpula inamovible.

Y ahí, en ese vacío fértil, aparecerían por fin los líderes que Colombia lleva décadas esperando.

Eso sí, con una condición innegociable: que los colombianos asumamos de una vez el desafío de construir una identidad colectiva basada en la dignidad del pueblo y en el respeto irrestricto a los derechos humanos. Una identidad que, si alguna vez existió, está pendiente de ser edificada.

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