Una apuesta por el reencuentro social a través del arte audiovisual tras la adversidad
Santiago de Cali, octubre 16 del 2026. En un escenario urbano marcado por las huellas recientes de la adversidad, la decimoctava edición del Festival Internacional de Cine de Cali (FICCALI) se erige no solo como una muestra cinematográfica, sino como un pacto de reparación social y colectiva. Del 16 al 25 de octubre, la capital vallecaucana articula un circuito de encuentro cuyo propósito trasciende la mera exhibición de metrajes. Bajo el enunciado consigna “El cine para encontrarnos”, la ciudadanía habita el espacio público desde el lenguaje audiovisual como una respuesta consciente y comunitaria frente a los desafíos estructurales y emocionales de la región, recordando que el arte se convierte en una necesidad fundamental cuando las dinámicas urbanas atraviesan momentos de vulnerabilidad.
La apertura oficial, programada para este viernes 16 de octubre a las 6:00 p. m. en el Teatro al Aire Libre Los Cristales con entrada libre hasta completar aforo, establece una ruptura simbólica con las convenciones históricas del certamen. Por primera vez, el hito inaugural estará a cargo de una producción animada: MU-KI-RA, largometraje de la realizadora colombiana Estefanía Piñeres. La elección de un relato centrado en la elaboración del duelo y la superación de los miedos colectivos adquiere una resonancia particular para una ciudad que busca reconstruir sus lazos de convivencia. Tal como lo subraya Gerylee Polanco, directora del festival, la proyección al aire libre responde a la urgencia de convocar a la comunidad en un entorno común para compartir visiones de mundo y reconstruir la confianza social mediante la catarsis narrativa.
La arquitectura operativa del certamen descentraliza la experiencia estética para evitar la concentración elitista de la cultura. A través de cuatro sedes neurálgicas —la Cinemateca del Museo La Tertulia, Cine Colombia, el Teatro Municipal y Comfandi— y una red independiente conformada por Lugar a Dudas, Casa Espectra, Curador y el Centro de Ciencia, Tecnología e Innovación (Yawa), el certamen expande sus fronteras. En este último escenario se explorarán metodologías inmersivas mediante el cine domo, el espectáculo Domolab y un cine-concierto dedicado al clásico mundial Metrópolis con música en vivo, entrelazando así la memoria audiovisual histórica con el pensamiento de vanguardia.
Memoria, territorio y la democratización real de las pantallas
El reconocimiento de la identidad propia y el diálogo plurinacional se consolidan en la franja competitiva mediante la entrega de los Premios María y Luis Ospina en sus categorías Nacional, Internacional y Cortometrajes Nacionales. Paralelamente, la sección Cali Abierta reivindica la memoria fílmica local al conmemorar los cuatro decenios del reestreno de La mansión de Araucaima y proyectar el documental Todo comenzó por el fin, trazando un puente directo con las raíces del cine caleño. Este ejercicio de memoria se fortalece con la franja Vanguardias Afro e Indígenas, espacio que reúne a 11 delegados de pueblos originarios para tensionar la mirada hegemónica y situar la soberanía audiovisual de los territorios en el centro del debate público.
Frente a las habituales barreras de acceso a los bienes culturales, la iniciativa Cine sin límites despliega un circuito territorial que impactará a 17 espacios urbanos, bibliotecas públicas y centros culturales comunitarios en distintas comunas. Esta estrategia busca que el derecho a la imagen y a la representación cinematográfica no dependa del poder adquisitivo o la ubicación geográfica dentro del perímetro urbano. Las coordenadas completas de la agenda, abiertas a la ciudadanía, se encuentran sistematizadas en la plataforma oficial ficcali.com, configurando una herramienta de mediación entre el espectador y la oferta artística.
Entendemos que el valor de un festival no reside en la espectacularidad de sus cifras, sino en su capacidad para actuar como catalizador de la conciencia social y de la memoria colectiva. Esta edición del FICCALI nos interpela como sociedad sobre la urgencia de sostener los espacios culturales independientes como verdaderos trincheras de pensamiento crítico y afecto público. Asistir a la sala, habitar la calle y escuchar las historias de otros no es un simple acto de consumo de entretenimiento; es una declaración de presencia, una afirmación de que el arte es el territorio innegociable donde una comunidad decide mirarse de frente, sanar y proyectar su futuro.


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