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OPINIÓN | El Catatumbo en el olvido: cuando el Estado se desconecta de la paz

El silencio de los líderes y la sombra del aislamiento amenazan con convertir las curules de paz en un fantasma burocrático más.

OPINIÓN | El Catatumbo en el olvido: cuando el Estado se desconecta de la paz
      Foto: archivo Semana.

Por: Paulina Arango M

Ver a un líder social del Catatumbo es ver a alguien que camina con una diana en la espalda y la esperanza en las manos. En esta región, donde el verde de la selva se mezcla con el gris del abandono, la pérdida de una voz que defiende el territorio no es solo un luto familiar; es un golpe seco a la columna vertebral de los Acuerdos de Paz. Cada vez que un líder cae o se ve obligado al silencio, un pedazo de esa conectividad humana que intentaba unir a la Colombia olvidada con la Colombia de los escritorios en Bogotá se rompe, dejándonos a todos un poco más huérfanos de futuro.

Esta tragedia no es nueva, pero hoy duele más porque ocurre en la cara de un sistema que prometió que las curules de paz serían el megáfono de las víctimas. Estas sillas en el Congreso no se pensaron para que se llenaran de tecnócratas, sino para que la realidad del Catatumbo —esa donde el abandono estatal es la única constante— tuviera voto y voz. Sin embargo, la falta de garantías de seguridad y la ausencia de una infraestructura real han convertido a estos representantes en figuras aisladas, atrapadas entre la presión de los grupos armados y la indiferencia de una capital que solo mira a la frontera cuando hay crisis migratoria o estallan bombas.

El análisis es amargo: el legado de estos líderes se está desvaneciendo en un mar de promesas incumplidas. El Estado ha fallado en conectar los puntos, y no hablo solo de internet o carreteras —que son precarias— sino de la conexión institucional básica. Criticar el status quo aquí es una obligación moral; no podemos seguir permitiendo que la paz sea un concepto de exportación mientras en el territorio los líderes son cazados. La desconexión en nuestras zonas de frontera es el síntoma de una enfermedad mayor: un país que se niega a reconocerse completo, prefiriendo dejar sus extremidades a merced de la ilegalidad.

Para el campesino de Tibú o el joven de El Tarra, esto se traduce en una soledad absoluta. La "conectividad" para ellos no es un plan de datos; es la posibilidad de que sus denuncias lleguen a un juez sin que los maten en el intento. Cuando los líderes desaparecen, el ciudadano de a pie pierde su escudo. El desarrollo se detiene porque nadie se atreve a gestionar proyectos bajo el fuego cruzado, y el bolsillo sufre porque la economía local queda secuestrada por el miedo. Al final, lo que queda es un Catatumbo que sigue produciendo noticias de guerra y muy pocas de progreso real.

¿Qué nos queda si dejamos que las curules de paz pierdan su alma territorial? Si no protegemos a quienes conocen cada trocha y cada dolor de la frontera, estas sillas terminarán siendo adornos costosos en un Capitolio que se siente a siglos luz de la selva. La pregunta no es cuánto presupuesto se va a invertir, sino si tenemos la voluntad política de evitar que el Catatumbo se hunda definitivamente en el silencio. La paz sin líderes que la caminen no es paz, es simplemente una tregua con el olvido.


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